29 marzo 2016

Bajo tu poder.

Con una cerveza en la mano, yo no podía dejar de mirar tu tremendo cuerpo. Esa piel morena, esos labios y sobre todo esos ojos que no me apartabas ni un segundo. Hablando de una cosa y de otra me preguntaste, sin anestesia ni disimulo, por mi vida sexual... y yo no tuve más remedio que decirte que últimamente estaba un poco "seco", pero que lo llevaba bien, añadí. Entonces me echaste una mirada de arriba a abajo y me dijiste con seriedad que se me veía que lo llevaba mal: "No disimules conmigo, que nos conocemos".

Le dije que hay días que no puedo evitar desatar toda mi sexualidad, que necesita salir de mi cuerpo como un torrente de fuerza y sentimiento porque "soy muy activo". Entonces yo te pregunté por tu vida sexual (donde las dan las toman). Me dijiste que llevabas tres meses a dos velas y que esto no podía ser. Alegué que siendo tan atractiva no podía ser cierto, pero me dejaste claro que las oportunidades que se te presentaban no te gustaban, y los que si te gustaban no te hacían ni puto caso. Eso suele pasar. "Yo lo que quiero es follar" dijiste. Ahí fue cuando me quedé sin palabras y tu añadiste: "¿Lo haces tú?". Tanta sinceridad encendió mi pasión y desató mis ganas. Me lancé sobre tus labios con desesperación, te cogí de la mano y te llevé a donde pudiera cumplir mi palabra.


Nada más entrar en la habitación me arrancaste la camiseta y recorriste todo mi cuerpo con tu lengua. Realmente se te veía con ganas de sexo... y he de reconocer que eso me vuelve loco; bueno, a mi y a cualquier hombre cuerdo, claro. Así que te dejé que te deleitaras con mi piel, mientras yo sentía el roce de tu cuerpo caliente junto al mío.


En cuanto me di cuenta, ya tenías bien agarrada mi polla con tu mano masturbándome con fuerza. Yo no podía dejar de mirarte, sorprendido ante tantas ganas de sexo que irradiabas por toda la habitación. He de reconocer que necesito a una mujer así... porque menos que eso es un desperdicio. 

En seguida señalaste algo: "Tienes los huevos enormes". -Es que hace tiempo que no follo- "Pues ahora vas a ver... no voy a parar hasta sentir que te corres sobre mi cuerpo caliente". Yo te besaba mientras nos quitábamos apresuradamente las últimas prendas de ropa que nos quedaban. Te besaba con mi lengua, restregándosela por sus dulces labios mientras sentía como cada vez su piel estaba más caliente y tu estabas más deseosa de tomar el control de la situación...


No podía dejar de sentirte. Comencé a juguetear con tus preciosos pechos con mis manos y mi lengua, mientras tú, ansiosa, no parabas de mover la cadera. Estaba claro que necesitabas un buen polvo y no iba a tardar en dártelo... pero antes quería deleitarme con cada rincón de tu piel morena, de tus senos y de tu mirada palpitante.


Te tiraste sobre la cama, me miraste desafiante, te chupaste el dedo y me abriste las piernas. Pude ver el paraíso de tu sexo, caliente y húmedo, el cual esperaba pacientemente la llegada de mi dulce boca. No te hice esperar y en apenas unos segundos ya estaba comiéndote tu coño, fascinado por tu sabor salado. No podía evitar recrearme en cada una de las lamidas de mi lengua sobre tu sexo caliente. Sintiéndolo hasta en lo más profundo de mi ser, como necesitado de beber de él una y otra vez, sin llegar a saciarme nunca del todo. Así me siento cada vez que me abren las piernas del paraíso.


Me tenías tan excitado haciéndote sexo oral que apenas podía controlar mi mano para seguir masturbándome. Es que esa sensación de poseerte únicamente con los sentidos del gusto y del tacto es más de lo que un hombre puede esperar. Además, como bien imaginaréis todas... es algo que cualquiera no sabe hacer bien ¿verdad?


Paseaba mi lengua arriba y abajo por cada uno de los pliegues hinchados de tu sexo. Escuchaba como te excitabas, gemías y me decías guarradas mientras te lo comía entero. Pero yo no te hacía caso, estaba demasiado centrado en disfrutar como para que me interrumpieras con tu verborrea, por mucho que me gusten las guarradas que me dices.

Insistía en penetrarte a base de lengüetazos húmedos en el interior de tu vagina. Que estaba completamente abierta y necesitada de ser penetrada, embestida, colmada, por un semental de categoría, uno de esos que te hace estremecerte de placer mientras apenas puedes hacer otra cosa que gemir como una perra.


En este momento tú eras mía y yo era tuyo. No podía parar de comértelo, quería sentirlo, gozarlo y sobre todo saborearlo en cada instante. Cuando lograbas recuperarte un poco, te erguías sobre la cama y te quedabas mirando como lo hacía, como lo sentía y sobre todo como paseaba mi boca bien caliente y necesitada de tu sexo por toda tu entrepierna.


Trataste de cogerme bien fuerte de la cabeza, pero estabas comenzando a excitarte tanto que apenas te mantenías erguida y sentada sobre la cama. Te dejaste llevar, te rendiste ante los encantos de tu lengua y te sumiste en un placentero momento. Te sentías sobre una nube de placer mientras cada lengüetazo que te daba te acercaba más y más al deseado orgasmo.

Tenía mis manos sobre tus pechos, y con ellas jugaba por tu piel como si fuera el campo de batalla que acababa de conquistar. Iba a seducirte con mis manos y mi boca al mismo tiempo, mientras tu ya no podías resistir más los ataques que te estaba provocando.


Finalmente no aguantaste más. Me dijiste que te penetrara con los dedos. Te metí todos los que pude en tu caliente coño y comencé a tocarte el punto de la vagina que te haría agradecerle a tus padres haberte dado la vida mientras no podías evitar agarrarme bien fuerte del pelo para asegurarte que no me iba a mitad de tu orgasmo.


Sorprendentemente, apenas te recuperaste de tu placer. Me tiraste sobre la cama y comenzaste a ponerme cachondo con tus palabras: "Vas a ver lo que es bueno... te voy a follar como una leona. Ahora estás bajo mi poder". Con esas palabras me calentaste, mientras de nuevo movías las caderas, seductoramente, sobre las mías y me paseabas tus duros pechos por toda mi piel, a la par que no dejabas de besarme en el cuello, símbolo de una inminente conquista de mi cuerpo.


"Joder... que buena polla tienes, cabrón". Había comenzado a penetrarte con fuerza, mientras te cogía de la cintura y comenzaba las embestidas en tu sexo, alcanzando el fondo al que no había podido llegar ninguno de mis lengüetazos anteriores, por mucho empeño que había tenido en alcanzar cada uno de los recodos de tu sexo.

Después de haberte mojado tanto, de la excitación que te había provocado con el sexo oral y sobre todo tras sentir como estaba penetrándote una y otra vez en lo más profundo de tu sexo, no podías evitar dejar los ojos en blanco cada vez que mi tranca alcanzaba el final de tu vagina y mis testículos chocaban incesantemente contra la piel de tu trasero.


Con las manos en la cabeza y los ojos cerrados, apenas podías contenerte gritarme que era un hijo de la gran puta. Yo comencé a decirte cosas para tirarte de la lengua, porque no hay nada más excitante que una mujer que dice todo lo que piensa con respecto al sexo; si lo hace, no hay hombre que se le resista. Así que me dijiste lo mucho que te gusta disfrutar como una puta y cuando continué diciéndote cosas me dijiste que me callara de una puta vez y te follara duro.


Estabas abierta a mi sexo, que se te adentraba en tu cueva como una gran viga caliente, que necesitas fundir lo más pronto posible. Era impensable hace apenas un rato, que ibas a dar y recibir tanto placer... pero es que nena, a veces, para follar bien, sólo hay que reconocer que se quiere eso.


En consecuencia estaba obligado por las circunstancias a follarte bien fuerte bajo ese poder tuyo que me habías impuesto. Comencé a darte pollazos con todas mis fuerzas mientras tu no hacías otra cosa que gemir de gusto. Estabas a punto de despertar a todos los vecinos, pero a mi me da igual, porque cuando dos personas quieren follarse mutuamente, sexo por el sexo, disfrute por el disfrute, el cariño está tan presente como el placer.


Estabas en lo mejor de la noche y no podías evitar querer controlar la situación, a pesar de que sentías por el hormigueo que te recorría todo el cuerpo, que ya estabas comenzando a perder la batalla frente a la férrea defensa que te planteaba un segundo orgasmo. Así que de cuclillas sobre mi, agostaste las últimas reservas que tenías para intentar que yo acabara la guerra antes o al mismo tiempo que tú. No dejabas de mirar hacía abajo, viendo como toda la extensión de mi polla entraba una y otra vez en ti, para volver a salir, repitiendo el mismo movimiento una y mil veces.


Tu tenías una gran noche y estabas multiorgásmica, así que comencé a bajar progresivamente el ritmo de mis embestidas, para alcanzar el grado perfecto de penetración que estabas deseando. Claudiqué ante tu poder y te dejé que llevaras la batuta, nunca mejor dicho, en tu propio beneficio, por mucho que yo tuviera ganas de follarte en mayúsculas y penetrarte hasta dejarte sin sentido.

De esa manera pusiste las manos en mi pecho y te dejaste llevar por las penetraciones intermitentes de mi sexo caliente en el tuyo húmedo. Sintiendo cada una de ellas en lo más profundo de tu cuerpo, de tus sentidos y de tu corazón.


Estabas ansiosa por sentir. Situada sobre mi cuerpo, tenías el mundo a tus pies. Únicamente tuviste que dejarte llevar y respirar hondo. El orgasmo estaba ahí, pero, tal vez por la dureza del sexo, ibas a tener que hurgar un poco más en tu cuerpo para alcanzarlo. Rápidamente te diste la vuelta sobre mi pene y comenzaste a masturbarte con la mano, como si yo únicamente fuera un juguete a tu servicio.


"Mmmmm... menudo polla tienes... Realmente necesitaba follar así, bien duro, con alguien como tú, porque sino... mmmm....ya estoy a punto... y luego no me he olvidado de ti niño...". Ella se masturbaba con fuerza mientras me ponía cachondo con sus palabras. El sexo es guarro, admitámoslo, así que juguemos con él como merece.


Finalmente, estabas tan cansada que te aparte la mano y comencé a acariciarte con celeridad el clítoris. Tu te abriste tanto de piernas que prácticamente podías tocar las paredes de la habitación. Estabas tan excitada que caían chorreones de líquido te tu sexo a través de mis grandes huevos y de mi mano caliente, que no paraba de masturbarte.

Llegó el momento en que me dijiste "No pares" y no paré hasta que pegaste un grito tan fuerte y te estremeciste tanto, que la cama se movió como si estuvieras poseída. Llegué a asustarme de esos orgasmos tan fuertes que tienes. Pero finalmente lo habíamos conseguido: dos a cero.


Sin esperar a recuperar el aliento te lanzaste sobre mi polla como si fuera una cuestión personal entre ella y tú. Así que abriste bien la boca, te la metiste en la boca sin usar las manos (ni falta que hace) y comenzaste a jugar con mi sexo por toda tu boca, mientras tu lengua recorría mi glande de arriba a abajo, haciéndolo suyo, conquistando ese territorio para ti.


No tardaste en usar tu mano para masturbarme mientras tú hacías un esfuerzo osado por comerme los huevos, tarea ardua y difícil, que requería de pericia para conseguir meterte en la boca mis duros, calientes y colgantes testículos. Pero tu estabas segura que ibas a sacarme todo el semen que tuviera, a vaciarlos con apenas rozar tus dulces y gruesos labios sobre la piel arrugada de mi escroto.


Realmente estabas disfrutando con lo que hacías. Cogías mis testículos con la mano, los apretabas y tratabas de chuparlos como si necesitaras comértelos enteros. No dejabas de agarrar mi pene ni un solo instante mientras tu mandíbula se engrandecía una y otra vez en este juego en el que ya estaba comenzando a perder el control... y es que no hay escapatoria ante este juego en el sexo de un hombre...

Para todas y todos lo que me leéis asiduamente sabéis que soy bastante exigente con el sexo oral, tal vez por eso pongo tanto de mi parte para matar a las mujeres cuando soy yo en encargado de hacerlo, pero he de reconocer que si al sexo oral sobre el pene se une un buen jugueteo con la boca sobre mis testículos... estoy completamente perdido.


Cuando te dije que ya no podía más, pusiste de nuevo tus labios en mi dura polla y comenzaste a tragártela todo lo que te era posible, mientras no parabas de masturbarme con insistencia. Solo paraste dos segundos para decirme: "Dámelo todo... córrete ya... sobre mí... quiero sentir toda tu leche caliente". Esa frase me puso tan cachondo que en apenas unos segundos me corrí sobre su cara y gemí mientras me estremecía de placer.


Entre el tiempo que llevaba sin follar, las ganas locas que tenía de hacerlo, lo buena que está, lo caliente que me pone con sus frases guarras, el polvazo que habíamos echado y ese último juego de chuparme los testículos, había logrado sacar de mi cantidades ingentes de esperma, que caían a borbotones de su cara hacia abajo... Tengo que reconocer que, con esta escena que estaba viendo y sintiendo, había caído completamente bajo tu poder.

17 marzo 2016

Ojos de hielo.

Mi primo me animó a conocerla. Ya la conocía de antes, pero nunca había tenido la oportunidad de conocerla. Ahora, por azares del destino (y gracias a la mediación de mi primo), pude quedar con ella. Realmente no era tal como la imaginaba, era mejor aún. A parte de ser una mujer fuerte, interesante, con madurez; es sencillamente una de las mujeres más atractivas que he conocido en mi vida. Cuerpo de infarto, escote de vértigo, piel suave y dos ojazos que se clavan en los míos como estacas de hielo.

Ella es una mujer despampanante de los pies a la cabeza, y además sabe lucirse (no sería menos). Así que nada más quedar con ella me quedé boquiabierto, una de las primeras veces que me dejaría así aquella noche. Si os digo la verdad, siempre me quedo con los detalles, pero en este momento sólo recuerdo sus ojazos mirándome con interés y ese cuerpo seductor que tiene.


No podía evitar mirarla de arriba a abajo. Estaba tremenda... aunque en realidad siempre lo está. Y es que hay personas que por mucho que quieran son autenticas maravillas. Así que mientras hablábamos y nos conocíamos mejor, no dejaba de recorrer con mis verdes ojos aquel cuerpo de mujer fatal, desde su cabello hasta sus largas piernas adornadas con unos grandes tacones.


Después de contemplarla durante varias horas y de una deliciosa conversación con aquella mujer de ensueño, volvió a sorprenderme una vez más con su seguridad y con su mirada. Me dijo que mi primo le había contado algunas cosas de mi; le repliqué que respecto a qué. Ella afirmó que conocía mi don para escribir... y que algo había leído. Yo no pude más que reafirmarme, pues no puedo negar mi autoría de este blog. Ella me dijo que le gustó y que le gustaría convertirse en uno de mis relatos... porque también le encantaba este tipo de literatura. Así que sin pensármelo le pregunté si quería que la convirtiera en literatura... y accedió.

Llegamos a su casa en apenas unos minutos. Ambos estábamos deseosos el uno del otro; especialmente yo que anhelaba descubrir ese cuerpazo y sentir esos labios perfectos que tiene en mi rostro desde hacía muchos años. Nada más cruzar la puerta de su casa, comencé a desvestirla...


No sé como pasó, supongo que es demasiada mujer para mi. Pero en apenas un instante ya me había sentado en su cama y comenzaba a desvestirme con interés. Nunca dejará de sorprenderme esta deliciosa actitud. Pronto ella descubrió lo que andaba buscando en mi cuerpo...


En ese primer momento de la noche logró excitarme únicamente con su mirada de hielo, que caía pesada sobre mí, mientras no paraba de jugar con sus dedos traviesos por mi entrepierna, deslizándose arriba y abajo en toda la longitud de mi pene erguido. Estaba deseosa de hacerme ver que, tal vez ella no escriba un blog como éste, pero es capaz de hacer que la realidad supere a la ficción... y vaya si lo hizo. No es fácil olvidar aquel rostro con esos labios carnosos tan cálidos y atrayentes. Está claro que me estaba cautivando mientras me daba una lección de lo que es una mujer diez.


Me estaba volviendo realmente loco sólo con observar su rostro. Aquello era increíble... Así que me dejé hacer hasta que no pude más. Tenía ganas de follármela, de hacérselo allí y ahora, de darle todo lo que necesitase y más; de saciarla hasta el límite. Así que puse fin a aquella mirada sensual y la empujé sobre la cama. Sus grandes y duros pechos (que son perfectos, he de decirlo) se quedaron tiesos sobre ese cuerpo caliente que me esperaba con ansia.


Lo primero que hice fue saltar sobre esos dulces pechos de jazmín que se tambaleaban duros y erguidos sobre su cuerpo perfecto. Estaban deliciosos, así que los cogí fuerte con mis manos y comencé a disfrutar de ellos pasando mi lengua de un pezón a otro. Ella se excitaba pero trataba de mostrarse comedida, respirando con fuerza pero sin gemir lo más mínimo.


Me gustó la sensación de tener esos grandes pechos en mis manos. Lo anhelaba desde aquellos tiempos, no tan lejanos pero que lo parecen, en los que iba a la universidad y la veía por las noches cuando salía. Mi primo siempre me preguntó que porqué si la consideraba la mujer perfecta, una mujer diez, no me acercaba al menos para que me rechazara, como haría un hombre. Supongo que porque en casos como este, la espera merece realmente la pena... y resulta deliciosa.

Sin darle más espera que la necesaria para excitarla hasta el punto de erizar toda su piel, recorriendo mi lengua por toda su extensión, decidí que era el momento de penetrarla. Por fin íbamos a disfrutar de sexo del bueno... y sobre todo del intenso, del que se hace realmente con ganas.


En cuanto sintió como mi verga se adentraba en su dulce y caliente sexo, abrió la boca y comenzó a gemir de placer. Estaba deseando sentir esa sensación en lo más profundo de su cuerpo. Esa sensación que recorre hasta el centímetro más escondido de su piel, mientras que de sus entrañas brota una sensación que va a ser muy difícil de sofocar.


Ella trataba de no elevar la voz... pero sus gritos entrecortados se juntaban con el sonido de mi sexo entrando en el suyo una y otra vez. Sus ojos estaban cerrados y sus ojos de hielo estaban en ese momento fuera de cobertura... pero no importa, ahora esta centrada en sentir, en gozar y en definitiva, en vivir.


Me abalancé sobre ella y comencé a penetrarla sin descanso, mientras me cogía fuerte de la cabeza, como si tuviera miedo de que me fuera en mitad de aquel disfrute mutuo y la abandonara antes de acabar. Eso no iba a pasar ni aunque se produjera un terremoto (que por suerte no se produjo). Comencé a disfrutar en cada una de las internadas de mi verga en su húmedo sexo, que ardía entre mis piernas como una viga caliente en el horno de una siderúrgica.


Me puso la mano en mi espalda y me pidió educadamente con ella que le diera más ritmo. Así que comencé a penetrarla con más y más fuerza. Apenas me paraba un segundo en su interior para sentir como tocaba fondo, para luego volver a iniciar el proceso una y otra vez. Pero este segundo dura minutos para el que sabe follar más allá de un polvo para correrse lo más rápido posible y poco más. A mi me gusta, sencillamente, sentirlo todo, intenso y el máximo tiempo posible.


Ella seguía manteniendo su mano en mi cabeza, mientras me suplicaba con esa mirada y con cada gesto que hacía de que le diera más fuerte. Quería sentirlo intenso, quería abrirse de piernas y dejar paso al torrente de masculinidad que llevo. Estábamos pegados el uno al otro, piel con piel, labios con labios, sudor con sudor y sobre todo dos cuerpos formando uno solo.

Era el momento perfecto para sorprenderla. Quería cambiar de postura rápidamente, cogerla de improviso y sobre todo ponerla de tal forma que pudiera ver en esos ojazos todo lo que yo estaba sintiendo en mi propia carne. Supongo que los pecados de la carne son así, no se conforman con lo justo y necesario... siempre me ha gustado buscar lo mejor.


La levanté y la puse contra la puerta de su habitación. Algunas cosas se cayeron, incluida mi lengua que de deslizó desde sus dulces labios hasta su sexo candente. Era el momento para sentir su sabor en el interior de toda mi boca mientras jugueteaba, como un niño malo, con aquel cuerpo de escándalo que tenía frente a mis ojos.


Habría podido estar horas paseando, chupando y adentrando mi lengua en su sexo. Estaba rojo, caliente, húmedo... y sobre todo abierto a mi. En ese momento aquello era el centro de mi mundo y no me interesaba nada más. Incluso ahora, escribiendo estas líneas, anhelo volver a pasear mi lengua por aquel sexo tan perfecto y tan delicioso.

No obstante, me rogó cogiéndome de los hombros y del pelo con sus manos, que volviera a la parte superior. Ella también estaba deseando mirarme a los ojos mientras los dos volvíamos manos a la obra con nuestros respectivos sexos. Así que la empotré con toda mi alma en aquella pared de su habitación.


Nuestros cuerpos desnudos se acoplaban perfectamente el uno al otro, como si se necesitaran, como si se atrajeran como dos polos opuestos. Deslizándose arriba y abajo por aquella pared, comencé a penetrarla con furia mientras la agarraba bien fuerte de sus muslos perfectos, aquellos a los que no había podido dejar de mirar ni un solo instante desde el principio de la tarde.


No podia dejar de mirarla ni un instante. Con mis manos en sus duros muslos, la penetraba una y otra vez. Algunas personas tienen inconveniente en usar la palabra follar, por considerarla carente de cariño, pero yo creo que es imposible tener sexo de esta manera tan intensa sin que haya sentimiento. Follar lo engloba todo, pero sobre todo deja claro que el sexo es intento, sentido y querido, como éste.


Me encanta esa sensación de tener sus nalgas entre mis manos, mientras las agarro con fuerza, sujetando en ellas el peso de su cuerpo de escándalo, al mismo tiempo que la penetro con toda la intensidad que me caracteriza. Desde luego, es difícil resistirse a tales placeres de la vida terrenal...


Le di la vuelta y sobre aquellos taconazos comencé a embestirla cara a la pared. No era un castigo, sino más bien todo lo contrario, porque en aquella habitación el que realmente se estaba portando mal era yo... y no tardaría mucho en recibir el castigo que me correspondía.

Ella estaba disfrutando tanto que había puesto el piloto automático. Quería dejarse hacer, porque aunque es una mujer tremenda, cuando estás disfrutando de verdad, es mejor dejarse llevar, sentir y que todo siga tan bien como lo estábamos pasando esta noche de marzo.


Aproveché la situación para comenzar a mordisquearle la oreja mientras paseaba mi lengua por la parte trasera de su cuello. Estaba deliciosa, así que comencé a decirle con voz tenue todo lo que pensaba de su piel, de sus labios, de sus ojos de hielo y de ese cuerpo de escándalo que me estaba encantando poseer sobre aquella pared. Ella me pedía más mientras se mordía el labio, a lo que yo respondía diciéndole las cosas más calientes que se me ocurrían mientras continuaba ensartándola con mi sexo.


La había llevado a la cama sin salir ni un instante de su cuerpo. Se puso a cuatro patas para mi, mientras me lanzaba una mirada sensual pero desafiante para que siguiera sin freno. La cogí fuerte de los hombros y comencé a disfrutar del sonido de mis sexo chocando contra su brutalmente sexy trasero. Trabajábamos como una máquina perfecta, como un resorte que mil veces percute a otro sin tambalearse ni parar un momento.


Estaba ya subiéndome sobre la cama del ímpetu con que me la estaba follando. Apenas podía pensar para darme cuenta que estaba cumpliendo mi sueño. Estaba disfrutando en uno de los mejores polvos que he disfrutado con una de las mujeres más atractivas que he visto en mi vida. Desde luego... esto no va a haber forma de recompensárselo a mi primo por semejante regalo.

Mis brazos, mis piernas, mi pecho y mi cabeza la envolvían como en un escudo perfecto en el cual ámbos estábamos en nuestro propio mundo, en nuestro paraíso. Tiene un cuerpo perfecto y es imposible no desear follarlo. Ella disfrutaba tanto como yo o tal vez más, pues apenas mostraba palabra, estaba demasiado centrada en disfrutar sintiendo.


En un momento determinado, por sorpresa, se desplomó sobre la cama. Pero yo, despiadado, aproveché la situación para cogerla fuerte de las piernas y penetrarla con toda la fuerza de mi cuerpo. Había llegado el momento de la traca final. Ella abrió la boca y comenzó a gemir con fuerza mientras yo la hacía sentir el sexo más intenso.

No aguantó mucho así (ni yo tampoco). Me pidió un poco de calma. Así que la alcé y comencé de nuevo a recorrer su cuello con mi boca. Besándola, oliéndola, diciéndole cosas bellas al oído, mientras ambos recuperábamos poco a poco y con dificultad el aliento.


Mis manos jugaban con su cuerpo, recorriéndolo. Pude disfrutar tanto de él y sentirlo, que podría recitaros el callejero de Cuenca de memoria, dibujando perfectamente hasta el lunar más íntimo y escondido de su piel. Cada vez que mis manos se posaban en esos grandes pechos y los apretaba, rozando con mis dedos su pezón erguido y caliente, lo bella que es.


Me pidió que me tumbara sobre la cama y que ahora yo me dejara hacer... le respondí que si, pero la verdad, y no es porque sea mentiroso, que no cumplí mi palabra. Es imposible permanecer impasible frente a esta mujer sin hacer nada, dejándose hacer, por mucho que esté disfrutando. Así que mi palabra apenas tuvo una vigencia de unos segundos antes de que la cogiera de las nalgas de nuevo y metiera mi cabeza entre sus piernas.


Me pidio que parara el en acto. Pero no quise escucharla. Así que durante un par de gloriosos minutos pude sentir de nuevo su sabor salpicándome la boca y adentrándose en mi boca. Su jugo era tan adictivo que había podio estar allí toda la noche... pero pronto saltó de mi boca y se sentó sobre mi sexo, cogiéndolo fuerte con la mano para endosárselo de nuevo en su entrepierna.


No sé de donde extrajo las fuerzas, pero el caso es que comenzó a saltar sobre mi como si fuera un potro desbocado. Se había convertido en fiera de nuevo, para mi alegría. Así que posando sus manos sobre mi pecho comenzó a cabalgar con fuerzas renovadas.

Era un espectáculo verla, con esos ojazos y esos labios, moviéndose en cada una de sus internadas sobre mi verga. Ella estaba ansiosa, cerrando los ojos y disfrutando del sexo conmigo, lo cual es, reconozcámoslo, un halago para cualquier persona. Porque quien diga que el sexo no es importante ni une a las personas, miente.


Estaba muy concentrada. Quería hacerlo más que bien. Pero solo con su presencia sobre mi cuerpo era suficiente para disfrutar. La contemplaba, la admiraba con mis ojos mientras ella se centraba en que este sexo fuera inolvidable para ambos. Cogiéndose las nalgas para que la penetrara hasta el fondo mismo, hasta la pared más lejana del interior de su cueva.


Me tenía a su merced; a su entera disposición. Podía disfrutar de mi, esclavizarme, hacer conmigo lo que quisiera. Era mi ama, mi luz, mi guía. Sus manos calientes estaban sobre mi pecho, mientras me miraba fijamente, cuando no cerraba los ojos a causa del placer, y yo la contemplaba en toda su belleza, mientras sus duros y perfectos pechos subían y bajaban a la par que el ascensor de sus piernas sobre mi duro sexo.


Yo me puse erguido, junto a ella. Quería estar cerca de su piel, sentir su calor, su sudor, su excitación en cada uno de los pelos de su cuerpo. Ella tiró la cabeza para atrás, agarrándose fuerte de mis hombros, de mi cuello, mientras cabalgaba con más fuerza sobre mi sexo. A ella ya le estaba llegando el orgasmo y poco a poco se fue poniendo roja, saltando cada vez con más fuerza sobre mi, hasta que finalmente lanzó un grito y bajó el ritmo. 

Reconozco que con este panorama, teniendo sus enormes pechos al alcance de mi boca (a los que no pude evitar darle algún que otro mordisco) mientras ella llegaba al orgasmo, yo no iba a tardar mucho más en llegar al mío... es inevitable (por suerte).


La abracé con mis fuertes brazos mientras su terrible orgasmo, que la había dejado completamente rendida en cuerpo y alma, se movía como un juguete entre ellos. Puse mi mano en su espalda y disfruté una vez más de los manjares que me ofrecía su cuerpo. Ella estaba recuperando la respiración, pero sabía que iba a hacerme terminar en cuanto recuperara las fuerzas.


Eso no tardó mucho en llegar. Me sentó sobre el borde de la cama, ella se arrodió frente a mi y comenzó a hacerme una mamada que, sinceramente, ni puedo describir con palabras de lo buena que fue. Reconozco que no sabría ni deciros cuando tiempo duró, porque en ese momento únicamente me centraba en disfrutar del placer que su boca me estaba proporcionando y sobre todo en mirarla directamente a sus ojos de hielo, que estaban clavados en mi, pidiéndome a gritos que llegara al orgasmo con la máxima intensidad posible.

En apenas un instante sentí que mi cuerpo se estremecía de gusto, le decía que no parara, y ella, traviesa como es, se la sacó de la boca y puso a mi alcance su hermoso busto. Cogiéndoselos con un brazo mientras el otro terminaba de matarme antes de que mi esperma se derramara, no sin que gritara de placer mientras se me acababa el aire y prácticamente la vida, sobre ellos. 


Realmente habíamos pasado una noche inolvidable.