28 julio 2015

Poderosa Afrodita.

Ayer por la tarde me llamó un amigo para ver si me apetecía ir a bucear. Le dije que si, por supuesto. Así que fuimos a una zona rocosa con pequeñas playas, perfecta para hacer snorkel. Lo pasamos muy bien hablando de nuestras cosas y buceando casi toda la tarde hasta que el sol llegaba al ocaso. En la playa más grande, a apenas unos metros de donde estábamos, había un chiringuito de playa bastante animado. En vez de volvernos a casa, decidimos ir hacia allá para tomarnos un par de cervezas bien frías.

Fue allí donde la ví... No sabría deciros si era la mujer más guapa de la playa, pero a mi me parecía increíble. Una joven de cuerpo escultural, cabello rubio, mirada penetrante y morena piel, con un bikini rojo y negro que me mataba sólo de mirarlo.


No podía dejar de mirarla. Mi amigo, como todos los hombres que había en aquella pequeña playa, también estaba fijándose en ella. Él me decía: "Tío, disimula; que se te nota un huevo". Pero no podía quitarle los ojos de encima, era demasiado atractiva. Su atractivo, su piel morena, su mirada... unido al encanto del mar, era simplemente perfecto. La admiraba por su espectacular belleza, tratando de no dejar volar la imaginación para evitar que se me marcase una tremenda erección en mi bañador, ya de por si ajustado.

Ella estaba con una amiga. También muy guapa, morena y de ojos verdes. Pero no tenía ojos para nadie más en esa noche veraniega de lunes. Estaba claro que me había visto, por eso comenzó a juguetear con su mirada, cruzándonos en ella más que palabras, y sonriéndome.


Su perfecta sonrisa fue la puntilla que acabó conmigo. Le dije a mi amigo que era hora de acercarse y ponerse a hablar con ellas. Hacía bastante tiempo que no ligaba con nadie, fui natural y educado, y al poco estábamos hablando. Nos presentamos y conversamos unas frases hasta que dijimos de sentarnos y pedir algo. Ellas aceptaron, así que nos sentamos los cuatro en una cutre mesa del chiringuito con sillas de plástico blanco. Mientras manteníamos una agradable conversación, no dejaba de mirarla fijamente, ni ella a mi...

Son de una ciudad cercana a Madrid y tienen 24 años. Son amigas de la infancia y del instituto, aunque ahora cada se dedica a una cosa. Nosotros también hablamos de nuestras cosas y la conversación se transformó en risas, bromas y más cervezas. Según nos contaron, estaban pasando una semana en la playa, solas, antes de que fuera la familia de la morena, quien tiene un piso muy cerca de allí. Les preguntamos por sus novios y respondieron que no tenían suerte con los hombres... (No nos explicamos porqué).

Evidentemente conversamos durante un par de horas, aproximándonos cada vez más el uno al otro, mientras nos mirábamos con picardía y nuestros cuerpos comenzaban a arder poco a poco. Era evidente la atración que teníamos ambos. Se notaba en la mirada, en los roces, en su mano sobre mis bíceps y en como se mordía el labio, aunque tratase de ocultarlo tapándose la boca con la mano.


Ella dijo que estaba cansada y yo le dije que podía llevarla a casa. Por suerte, tanto mi amigo como yo habíamos quedado directamente en la playa y cada uno tenía su coche. La amiga morena dijo que ella quería quedarse un poco más... (previa patada de la rubia por debajo de la mesa). Así que mi amigo se ofreció a invitarla a una ronda más.

Cuando salimos del chiringuito, me pidió que le aguantara un momento un pequeño bolso de playa de paja que tenía, de él sacó un pantaloncito corto vaquero y una camiseta de tirantes blanca. Se puso ambos delante de mi, bajo mi atenta mirada. De camino al coche no podía dejar de mirar su cuerpo ni siquiera de reojo... sobre todo con ese par de pechos tan turgentes, que seguían igual de vistosos con ese magnífico bikini, que con la camiseta de tirantes ajustada.


De esa manera me fui del chiringuito con la más guapa de toda la playa. En apenas cinco minutos ya estábamos en la puerta de su urbanización. Una urbanización nueva de grandes edificios grises y azules, con piscina y pistas de pádel. Fue entonces cuando me dijo de subir y no lo dudé. Me enseñó su piso y cuando llegamos al balcón ya estábamos besándonos apasionadamente... Su piel desprendía fuego al paso de mis manos sobre ella. Realmente nos deseábamos. Me llevó a su habitación, se sentó sobre la cama y mientras yo permanecía en pié me desató el nudo del bañador y me lo bajó de un único movimiento.


¡Vaya cara puso cuando vio mi pene! Estaba completamente erecto y le dio en la cara y todo. Su rostro , que reflejaba sorpresa, dio rápidamente paso al gesto de deseo. Esta vez si que la pude contemplar perfectamente modiéndose el labio mientras no dejaba de mirar mi dura verga...

Me dijo que no había visto nunca nada así... y sus pasmadas palabras dieron paso a la fascinación de sus manos sobre mi sexo. Recorrió con ellas desde mi escroto hasta mi glande. Yo no dejaba de reír, pero ella seguía a lo suyo. Volvió a levantarse y comenzó a jugar con ella, acariciándola, recorriéndola con sus dedos, tensándola y soltándola, y también dándose con ella golpecitos en su cuerpazo.


Entonces se tomo unos minutos en jugar conmigo... lo cual os aseguro que terminó matándome en esta ocasión. Porque cuando alguien juega con fuego, acaba quemándose... y yo estaba que quemaba. Volvió a sentarse sobre la cama con la boca aún abierta, no se si de asombro, de ganas de saborear mi sexo o de ambas. De esa forma la cogió con su mano y comenzó a masturbarme muy lentamente...


Menos mal que la erección me había llegado ya en su casa cuando habíamos comenzado a besarnos, porque si me llega a pasar en el chiringuito habría sido demasiado... ¿vergonzoso? No encuentro la palabra... El caso es que tengo que llevar bastante cuidado con lo que estoy pensando en ciertos lugares y con cierta ropa.

Como estaba tan caliente, decidí coger las riendas. Estaba muy excitado (si, y eso que aún no había pasado nada). Sentía que si sus labios rozaban mi polla, probablemente tardaría poco en correrme... y no quería que eso pasara. Además, tenia muchas ganas de lanzarla sobre la cama y comenzar a jugar yo con su sexo... y ya sabéis que cuando quiero eso soy realmente malo... Quería pasear mi lengua por todo su cuerpo, así que comencé a besarla y antes de que mis manos se acercasen a si bikini, ella se lo quitó bajo mi antenta mirada cargada de deseo.


Ver sus pechos frente a mi, tan perfectos, tan jóvenes, tan duros, grandes y sensuales, que no aguanté más. La cogí de la cabeza y comencé a besarla sin control. Tenía una sonrisa preciosa. La tiré sobre la cama y comencé a descender por su cuerpo hasta llegar a su entrepierna, justo el único lugar del mundo en el que quería estar. Ella se dejó hacer...


La rubia estaba completamente deseosa de mí. No podía dejar de mostrarme su bella sonrisa, mientras su cuerpo y sus cabellos rubios únicamente me atraían más. Fue en ese momento cuando me alegré de haberme acercado a hablar con ella en el chiringuito y que se hubiera mostrado tan simpática y receptiva. Desde luego, esa mañana no me hubiese imaginado que el día tendría un final tan hermoso.

Después de besarla por todo el cuerpo, mientras mis manos me ayudaban a reconocer hasta el más mínimo recodo de su dulce y morena piel, comencé a descender con ellas. Ella comenzaba a agitarse y a respirar cada vez más fuerte... pero esto no había hecho más que empezar.


La cogí fuerte de las manos mientras mi boca se abría para abarcar todo su sexo. Estaba caliente, muy caliente. Esa piel morena que tanto me gustaba ardía por completo. Sentía en cada lamida en la profunidad de su cueva la humedad que surgía de ella. No podía dejar de gemir, de disfrutar en cada una de mis internadas en su vagina. Pasaba mi lengua por los labios, por el contorno de su sexo y acariciaba con ella su cítoris, la parte que más me gusta de una mujer. Lo tocaba levemente con la punta de mis dedos, recorriéndolo, acariciándolo, exitándolo...


Ella soltó mis manos y se abrió completamente a mí. Yo no podía dejar de perforarla con mi lengua y mis dedos incesantemente. No había descanso para tan golosa empresa. Disfrutábamos de cada lamida al unísono. La penetraba sin descanso, taladrándola con mi lengua hasta la profunidad más oscura de su sexo. La miraba como se retorcia de placer sobre la cama, cogiéndose a ella con sus brazos, como si fuera a saltar de allí del gusto.

Sus pechos estaban completamente erectos, tiernos y deseosos de placer. Eran la muestra perfecta de que mis lamidas estaban volviéndola todo lo loca que pretendía. Sus pezones estaban más que erectos y sobresalían como símbolo del triunfo de mi lengua sobre su sexo.

Su rendición se plasmó en su mirada penetrante, mientras me cogía fuerte del pelo y me decía, sin parpadear: "Fóllame". Así que me alcé y de un movimiento lento, para que notara todos los pliegues y rugosidades de mi polla, esa que le había sorprendido diez minutos atrás, y comencé a dentrarme en ella mientras no dejaba de abrir la boca y expirar, abrumada por tanto buen sexo.


Estaba completamente sobre ella, moviendo mi cadera con fuerza en cada penetración, que pronto alcanzaron el tope de su sexo. Me apretaba fuerte de los brazos, recorriéndolos con sus manos para notar mis musculos en tensión, mientras mantenía sus piernas completamente abiertas a mí...

Me alcé y comencé a darle cada vez más fuerte y con mayor ímpetu. Ella permanecía de la misma manera que antes, abierta y tratando de mantenerse viva con profundas respiraciones. Yo la cogía de la cintura y posando las manos en su vientre, la embestía. Mi pene estaba completamente duro, perfecto para percutirla como deseaba hacer.


Me encantaba contemplar esta visión. Ella rendida a mi, con la boca completamente abiera de placer, apretándose fuerte los pezones. No podía dejar de contemplar su perfecta belleza y como su hermoso cuerpo disfrutaba, borracho de mi, de una gloria casi celestial. Miraba sus perfecto senos, duros y abultados, que solo me daban más ganas de seguir follándomela.


Mis testículos chocaban contra su culo, mientras la humedad de su vagina rebosaba por todas partes. Estaba disfrutando de lo lindo... tanto como yo. Ahora solo estaba centrado en metérsela una y otra vez, no me importaba nada, ni el calor, ni mi amigo, ni la vacaciones... Quería disfrutar del polvo del verano perfecto sin distracciones.

Supongo que me emocioné y acabé saliendo de su cuerpo (en donde casi le penetro, sin querer, por su otro orificio... ya me entendéis). Así que le di la vuelta y de un pollazo volví a adentrarme en su interior. Ella no dejaba de mirarme, bajando de vez en cuando la mirada para comprobar que lo que estaba sintiendo era real y que no iba a rendirme facilmente.


Su grito inicial dio paso a gemidos contantes de placer... mientras me miraba con esa mirada penetrante y yo la admiraba, desde sus ojos hasta su increíble cuerpo. Supongo que será el calor mediterráneo que corre por mis venas lo que le sorprendió. El caso es que estaba completamente entregada a disfrutar del polvo como se merece, como deben hacer dos personas que buscan el disfrute mutuo y sobre todo el sexo en mayúsculas; porque en este tema uno no se puede, ni debe, conformarse.

Me puse a su espalda, situé mis manos sobre su piel caliente; la cogí fuerte del cuello y puse mi otra mano sobre uno de sus pechos ¡Dios! ¡Qué delicia! Y así, lo más cerca posible de sus cabellos rubios, mordiéndole la oreja y besándole en todo su rostro, continué penetrándola mientras sentía como sus pelos se erizaban en cada embestida.


Fue en ese momento cuando me di cuenta que ya la tenía en el punto perfecto en el que quería tenerla, y yo estaba igual que ella. Así que la puse a cuatro patas y comencé a penetrarla, lentamente, adentrándome con buen ritmo, pero sobre todo con mucho sentimiento. Necesitaba sentir cada una de mis penetraciones en su cuerpo, sentirla hasta lo más hondo de mi alma, de ese placer personal que se extiende hasta la otra persona, porque siente exactamente lo mismo.


Aunque estaba follando así mejor que bien, bajo la atenta mirada de fuego que me lanzaba cada vez que mi pene alcanzaba la profunidad de su sexo, ardiente, palpitante, húmeda y gozosa de esta noche de verano; no me resultaba cómodo por la posición. Quizás sea porque ya hacía demasiado calor anoche y nosotros estábamos aún más calientes. De esa forma decidí aprovechar en mi favor la altura que tenía la guapa de chiringuito para que se pusiera en pié y pudiera follármela cogiéndola fuerte por su bella cintura.

Se cogió a una estantería (a la que casi echamos abajo, por cierto) y yo me situé a su espalda. Me adentré en su dulce y suave sexo, que hervía de gusto, y cogiéndola fuerte de la cintura comencé a moverla, atrayéndola y soltándola hacia mí. Como una sintonía perfecta, ella se movía mientras ambos gemíamos de placer mutuo...


¡Joder! ¡Cómo disfruto así! Sin pensar en que su amiga morena podía aparecer por la puerta en cualquier momento, yo la penetraba sin descanso. Aprovechaba para pasar mis manos suavemente por su tierno culo mientras mi sexo no hacía más que estremecerla de placer. Sus piernas eran fuertes y su culo era un manjar.

Ella comenzaba a sentirse completamente satisfecha. Apenas podía decirme nada, aunque su mirada bastaba. Ambos respirábamos fuerte y sudábamos, sintiendo cada gemido de placer del otro como nuestro. Sentía en la punta de mi tranca, como su interior estaba soltando líquido sin parar... ella estaba disfrutando como una zorra y yo como un auténtico cabrón. Porque el sexo, cuando se llega a este punto, es guarro, es sucio, pero sobre todo, es pura delicia.


Ya en los últimos estertores de sexo de esta noche de lunes, ella se cogía fuerte de cualquier objeto que le pudiera dar estabilidad. Sus piernas estaban completamente temblorosas, pero aguantaba todo lo que le daba, porque quería permancer así, me decía que no parara, que estaba "a punto" y ambos deseábamos que este momento no acabara nunca. Yo desde luego que tampoco quería, pero había alcanzado ya tanta excitación que había superado la fase orgásmica, ahora, tan sólo sentía como nuestras pieles se juntaban y entraba una y otra vez en su sexo. Sólo estaba centrado en disfrutar.

Ella no aguantó más. Se agachó, tensó sus músculos por última vez y soltó un largo gemido de gusto que me asustó por su intensidad (no sabía si es que le estaba haciendo daño o es que la había matado de placer). Así que se quedó con la mirada perdida y la respiración fuerte durante un par de minutos, en los que ambos quedamos, inamobibles, ni ella ni yo queríamos despegarnos, así que mi pene permaneció, aguardando su final, en su interior.


Me dijo que no estaba acostumbrada a esto... y la creo. También es cierto que el calor lo hace todo más arduo. Afectuosamente, y de una forma muy enternecedora, me preguntó si lo había hecho bien. Le dije que había estado estupenda, sublime, insuperable, que había logrado darme todo: "Has estado perfecta". Entonces le pregunté si yo había estado bien y me dijo que era "extraordinario"... todo esto mientras trataba de recuperar el aliento y ordenar las palabras que aún le salían con dificultad de su garganta.

Cuando ya estaba recuperada, se puso, sin que le dijera nada, de rodillas, y me dijo que estaba dispuesta a ayudarme para que yo rematase la noche: "Quiero que acabes como más te guste". Así que saqué mi polla de su vagina, que aún estaba dura y tremendamente palpitante, sedienta de más sexo para expirar y dejar salir mis torrentes de placer. Sin más dilación, la introduje en su boca.


Sorprendentemente el parón me hizo flojear las fuerzas... eso y sus profundas penetraciones. Si había estado perfecta con todo lo anterior, con el sexo oral se coronó (y yo soy muy exigente con eso). Sentir como abría su mandíbula para albergar toda mi polla, la humedad de su boca y la ternura de sus labios, que recorrían toda la longitud de mi tranca, desde el glande, rojo y completamente ardiente, hasta la base más ancha y cercana a mi vientre, terminó por matarme.

Podía ver perfectamente la dulzura de su rostro concentrado en darme el placer final, mientras mis manos recorrían su cabello y observaba su cautivador cuerpazo. Ella abarcaba todo mi sexo y no paraba ni un solo instante, primero utilizando únicamente sus labios y su boca, y luego recorriendo con sus manos la extensión de mis genitales.

De esa forma tardé poco en sentir como el orgasmo me llegaba, como los músculos de mi cuerpo se tensaban, sudaba, sentía un escalofrío de placer y me agitaba antes de liberar, como un torrente de semen, toda mi corrida en su boca. Ella se ayudaba con sus dos manos para obtener toda la leche posible de mi... y lo logró.


En el último capítulo de este tremendo polvo veraniego, vi como sus ojos, clavados en mí, demostraban el gusto por tener toda mi corrida en su boca. La verdad es que no me esperaba que sin conocerme lo hiciera... pero supongo que tanto ella como yo nos dejamos llevar por la emoción sexual de este maravilloso sexo.

Ella, para mayor risa de ambos, comenzó a jugar con mi semen en su boca, dejándolo ahí hasta que acabó tragándoselo todo, mostrándome, traviesa, su lengua, mientras se tocaba sensualmente esos pechos turgentes con los que llevaba soñando desde ese instante en el que la vi desde el chiringuito en la playa y su cabello rubio caía frente a sus profunda mirada.


...y lo peor de todo es que una voz en mi cabeza me grita desde anoche: "¡Quiero esto todas las noches!".

Postdata: Mi amigo y la morena se tomaron un par de cervezas pero no pasó nada.

25 julio 2015

Perdiendo el control.

No podía dejar de mirarla. Anoche iba tan guapa con esa falda de tubo y ese top amarillo ajustado, que era imposible quitarle los ojos de encima. Se le marcaba perfectamente su cuerpazo y sus grandes pechos. "La paraguaya" estaba realmente sexy, vamos, como está siempre. Yo sólo podía arremangarme y abrirme más botones de mi camisa blanca, pero no podía dejar de sudar cuando la miraba, no era por el calor de la noche de viernes, sino por ella.

"La paraguaya", que ya me conoce perfectamente, le encanta juguetear conmigo (y a mi que lo haga, para que negarlo). Por eso aprovecha cualquier oportunidad, como por ejemplo mientras estamos tomando algo en un pub del centro, para hacerme volar la imaginación con tan sólo pasar sus manos sobre su ropa, recorriendo sutilmente la figura de sus curvas sobre su piel morena, hasta que alcanzan su escote, su temido y ardiente escote, para mostrarme, con malicia, un poco más de su piel, que me está llamando a gritos...


Ya lo ha logrado. Mi mirada solo se centra en ella, no me importa el resto del mundo. Me siento orgulloso por saber que estoy con la mujer más guapa de todo el Mediterráneo. Por eso le pido que nos vayamos a mi casa (que es la que más cerca nos coge), porque allí quiero tener algo más que una charla con ella... Mi mirada ya no es suficiente para amar.

Al cabo de un rato nos adentramos en mi cuarto mientras nos besamos. Nuestros cuerpos están juntos porque llevo desde que entramos en el portal sin quitarle las manos de encima, recorriendo todos los lugares de su cuerpo, desde el pelo hasta sus firmes piernas. Mi camisa ya está completamente abierta, con mi pecho al aire, ella juguetea con su mano sobre él, pero en lo que yo me centro es en quitarle la ropa a "la paraguaya".

Sin embargo, ella se adelanta y se arrodilla frente a mí. Es en ese momento cuando me doy cuenta que estoy perdido, esta noche sólo puedo someterme a sus deseos. "La paraguaya" es una mujer muy ardiente, me besa el pecho, los pezones, el vientre... y baja hasta que se situa su rostro frente a mi sexo.


En apenas un movimiento, comienza a volverme loco de placer... os tengo que reconocer que "la paraguaya" es muy mala... ¡y por eso me encanta! Noto como sus labios recorren todo mi miembro, desde lo más caliente de la punta, que me hace vibrar todo el cuerpo, hasta la base, que me provoca el resoplido de sentir tanto con mi sexo. Ella recorre con su lengua ese largo camino una y otra vez.

Yo le abro el top y poso mis manos sobre su cabeza mientras ella es cada vez más perversa... Estoy total y absolutamente duro por y para ella. Supongo que será por las vacaciones, pero el hecho de no trabajar me hace estar más sediento de sexo que en ningún otro momento del año. Lo necesito, lo busco, y en esta noche, lo encuentro su mejor forma...


La cojo fuerte, pero no dejo de centrarme en sus ojos profundos, en como se adentra mi sexo en su dulce boca y como sus grandes pechos se mueven al rimo de mis embestidas. Ella es una auténtica maga del sexo, entre otras múltiples cosas buenas. Pero tardo poco en recordar que esta noche es ella la que quiere tener el control... y yo estoy encantado de que así sea.

De esa forma ella coge mi verga con las dos manos, parándome en seco pero con ternura. Luego me mira a los ojos, se levanta y me empuja sobre mi cama. Yo caigo sobre ella, rendido ante su poder. Ha llegado la hora de que "la paraguaya" comience a jugar conmigo como si fuera de su propiedad... porque esta noche lo soy.


Comienza a calentarme, si, todavía más, jugando de una manera muy perversa. Vuelve a comerme mi sexo mientras juega con sus pechos en mis testículos. Esa senación me descoloca y me mata de placer. Siento como el calor me aprieta todavía más. No sé que hacer con ella... apenas me ha tocado y ya me está volviendo loco. Solo puedo mirarla, con los ojos entreabiertos a causa del placer, y agradecerle, con mi mirada, todo lo que hace por y para mi.

Finalmente se pone a mi lado, mientras se quita las últimas piezas de ropa que le quedan, yo me tumbo a su espalda mientras paseo mis manos por su bello cuerpo, sintiéndolo, tocándolo, queriéndolo, eecorriendo su piel como si fuera parte de la mía, porque así la siento. Está caliente, húmeda, cercana... así es como me gusta tener a "la paraguaya".

Es tremendamente atractiva, no solo por esos envidiables pechos, sino por todas sus curvas, por cualquiera de los recodos de su cuerpo, por esa belleza guaraní que tanto atrae y que en el pub lograba que todo el mundo la mirara... pero no tanto ni tan bien como lo hacía, y lo hago ahora que la tengo junto a mi, yo.


Ella siente pero no se enternece, lo único que logro es que tenga más ganas de mí. Me besa, me dice que le encanta estar así conmigo. Le respondo que esa sensación es mutua. Por eso, tras reconocer con mis manos y mis labios toda su piel, incluyendo sus calientes labios, "la paraguaya" decide que es hora de coger, de nuevo, las riendas.


Se sienta sobre mi, y apretándome fuerte la tranca, se la lleva a la boca de su sexo. Yo me adentro, poco a poco, pero "la paraguaya" quiere todo y más. Por eso rápidamente alcanzamos el tope de nuestros sexos y ella comienza a moverse dulcemente sobre mi cadera. Adoro tenerla así, sobre mí, para que goce de mi cuerpo como se merece, como quiere hacerlo.

Yo la rodeo con mis brazos. Le pongo las manos sobre su tierna cintura y sobre su culo. Me encanta su culo... Desde ahí la ayudo a que continue moviéndose sobre mi, adentrándose una y otra vez el uno en el otro mientras yo le paso mi húmeda lengua por sus tiesos pezones, porque los tengo frente a mí y no puedo dejar de mirarle sus preciosos senos.


Oh... ¡Cómo la adoro! Moviéndose sobre mi, comenzando poco a poco pero ya alcanzando unas embestidas que comienzan a temblar toda la cama. A mi me da igual mis vecinos, sólo quiero que ambos disfrutemos de las delicias del sexo.

Ella está disfrutando mucho. No deja de gemir, de soltar mmmm... y en lanzar alguna alabanza sobre mi. Me dice que necesita más, que no pare... parece que olvida que yo estoy a su completa merced, que es ella la que lleva el control y la que puede usarme como y cuanto le plazca.


Mueve sus caderas a un ritmo perfecto. Parece que me ha convertido en su juguete sexual, al que usa como quiere. Pero no soy un mero espectador. Estoy tan caliente que noto como tengo los huevos completamente hinchados en la base de mi erecta polla, la cual está trabajando para "la paraguaya".

Nos movemos sin parar, adentrándonos, sintiéndonos, tocándonos... Ella está muy húmeda, por el calor de su sexo, por el sudor que desprende. Yo estoy todavía peor. La siento en cada penetración, como cae su peso sobre mí, lo cual solo me provoca más y más disfrute. "La paraguaya" es una auténtica locura en la cama... y por eso no dejo de mirarla y sentirla.


Sus preciosos pechos se mueven en cada alzada y caen sobre mi sexo como el resto de su cuerpo. Mientras tanto, ella se ayuda de su mano para masturbarse. Yo también aporto mi granito de arena pasándole mis manos por su espalda y por su culo, mientras mis labios la besan y recorren su cuello hasta alcanzar sus pezones, con los cuales me gusta tanto jugar. 

Quiero ponerla a cien. No... quiero ponerla a más de cien. Quiero que goce al máximo, con todo su cuerpo, con toda su alma. Estoy ahí para hacerla disfrutar y en eso es en lo que me concentro. Así que me levanto y juntos nos fundimos en un beso.


No puedo dejar de besarla. Me parece tremendamente sexy cuando una mujer decide llevar el control y lo hace tan bien. Me encantan sus labios y su mirada indígena. Tiene esa sensualidad guaraní que me cautiva a través de su tierno cuerpo, que ahora está tan pegado a mí que apenas hay diferencia.

No obstante, ella está alcanzando el clímax. No puede parar de move su cadera para adentrarse en mi sexo una y otra vez. Se nota que está disfrutando sin necesidad de decirme ni una sola palabra, el movimiento de su cuerpo y lo que me tranmite sus ojos son lo único que habla. 


La cojo bien fuerte de su trasero y me ayudo con mis brazos para alzarla y dejarla caer con más fuerza y desde lo más alto posible. Su vagina se estrecha y amplía incesantemente, mientras recorre mi tranca, desde la punta hasta la ancha base de mi ereccion. La tengo tan dura que procuro hacerlo con cuidado para que no sufra daño, pero "la paraguaya" es fuerte y aguanta lo que le heche.

Me gusta sentir mis manos en su culo, notando como su piel caliente pide que no pare, como comienza a estremecerse, a alzar su cara al cielo mientras lanza varios gemidos entrecortados de placer. "La paraguaya" me maldice y me lanza un piropo... he logrado vencerla en su propio campo. Ahora, ella es mía...


Comienzo a jugar con sus preciosos pechos. Me encantan. Son grandes, con volumen, redondos... son tan naturales que me hipnotizan. Los recorro una y otra vez con mis manos. Los aprieto, los beso, los muevo y los muerdo. Recorro su contorno, los elevo y paso mis dedos dulcemente por la circunferencia de sus pezones, que aún están duros y calientes. Ella no deja de mirarme y me sonríe mordiéndose el labio, sabe que aún tiene que matarme de gusto.

Comienza a besarme con pasión. Yo hago lo mismo. La abrazo tiernamente y ambos nos fundimos en un larguísimo y húmedo beso, que recorre nuestros rostros, los cuales guardan más que una sonrisa de felicidad por este momento. Pero ella no se conforma con eso, baja hasta el suelo, volviéndose a posar de rodillas frente a mi. Me tienta poniéndome sus grandes tetas en la base de mi verga, quiere que siga jugando con ella... y acepto el juego.


Deslizo mi miembro por su piel, caliente, morena, húmeda... esa que me ha vuelto loco esta noche de viernes. No puedo dejar de mirarla a los ojos mientras mi sexo recorre una y otra vez la cavidad que separa sus dos senos. Lo hago a un rimo seguro, firme y lineal... quiero disfrutar lo máximo posible... pero es imposible resistirme demasiado ante semejante alarde de sensualidad.

Por eso, comienzo a agitarme. Noto como ya no aguanto más, que la corrida me viene seguida de un orgasmo de lo más largo. Agarro mi tranca con mi mano firme y comienzo a masturbarme fuerte. Quiero darle toda mi leche. Así que me doy más y más, hasta que acabo estremeciéndome, lanzo un fuerte gemido de placer, y suelto todo mi esperma en sus pecho, mientras respiro fuerte para mantener el equilibrio.


Y es que hay noches... que es mejor dejarse llevar para perder el control.

22 julio 2015

A la luz de la luna.

Después de tomar algo fresco con "la enfermera" una cálida noche, nos dirigimos a su casa. Ella estaba realmente guapa con su vestido azul y su pelo moreno recién cortado. Conforme abrió la puerta nos dirigimos a su balcón, donde estuvimos un buen rato charlando con una cerveza en la mano. No hacía falta nada más que el aire que pasaba y la luz de la luna.

Sin planearlo, unos besos se convirtieron en unos largos besos donde las bocas se buscan y no se pone fin. Mientras yo sentía sus labios, la acariciaba por el pelo y la espalda, mientras ella recorría con mis manos mis brazos y el vientre. Tan solo entrecortó el largo beso para decirme que se me notaba bastante el gimnasio. Pero la situación continuó y las manos de "la enfermera", que sabe bien como manejarlas, comenzaron a bajar hacia mi sexo.


Tenía una erección realmente dura que no debaja de palpitar pegada a su piel. Mis vaqueros grises marcaban por completo el relieve de mi polla. Sus besos, únicamente lograban tensarme más y desearla con mayor fuerza. El recorrido de su dulce mano por mi tranca comenzaba a ponerme realmente caliente y a desearla con toda mi alma. El sudor recorría mi frente y ella, sonriente me decía que si tenía calor podía quitarme la camiseta...


Y eso fue lo que hice. Ahora era ella la que comenzaba a tener calor, mirándome fijamente me deseaba con sus ojos marrones. Mientras tanto yo, acercaba todo lo posible mi cuerpo al suyo, para que sintiera la piel y los músculos de mi cuerpo junto al suyo, mi calor y mi sudor, al mismo tiempo que no dejaba de frotarle mi tremenda erección en su figura.

De esa manera, sin dejar de besarla, le di la vuelta y comencé a desvestirla... poco a poco y con suavidad porque no quería dejar de tocarla. Mi cuerpo estaba a su espalda, y su cuello, ligeramente girado, lograba que nuestros labios no se separaran.


Cuando el vestido azul cayó al suelo, "la enfermera" se giró hacia mi y continuó mirándome fijamente, mientras me desvestía de cintura para abajo. Me cogió fuerte de la mano y sin dejar de besarnos, recorrimos todo el pasillo a oscuras hasta su habitación. Allí hacía más calor, pero la luna continuaba viéndose desde la ventana...

Ya estábamos completamente desnudos, ahora mi verga chocaba constantemente contra su cuerpo en cada uno de los arrebatos de pasión que nos permitíamos en esa cálida noche. Al poco, ella puso sus dos manos en mi pecho y me empujó al colchón. Ahora me tenía a su merced. A cuatro patas se acercó mientras acariciaba mis piernas con su barbilla y alcanzaba mi entrepierna.


De un rápido movimiento cogió mi polla con su mano y comenzó a adentrársela en la boca. Incisivamente comenzaba a chuparme mi sexo, mientras yo, con el calentón que me había provocado, no podía más que resoplar del gusto.

Pero "la enfermera" no se conformaba con eso, parece que quería probar qué temperatura era capaz de alcanzar... y os puedo asegurar que mucha. Sin dejar el sexo oral, levantó su barbilla y clavó sus ojos en mí mientras, incesante, continuaba logrando matarme de placer.


Ella estaba disfrutando tanto como yo únicamente de ver que apenas podía articular palabra para pedirle que parase. Pero "la enfermera", que es muy lista, me hizo unas penetraciones hasta el máximo que su boca permitía, antes de alzarse y ponerse encima mío, adentrándose mi polla, que ya estaba lo más caliente y húmeda posible.

Me gusta tenerla así, sobre mi, para poder mirarla mientras lo hacemos. Para ver cada expesión de su cara, cada gesto y cada tic de placer que no puede evitar contener. Mientras veo la poca luz que entra por la ventana reflejada en su piel, que se mueve sin descanso, movida por el deleite mutuo.


La cogí fuerte de los muslos y dejé que ella llevara el ritmo. En apenas unas penetraciones "la enfermera" estaba a pleno funcionamiento y en su rostro contemplaba el placer que sentía al tenerme dentro y al tenerla yo a ella sobre mí. Sus pechos se movían incesantemente en cada una de sus trotadas sobre mi. Su respiración se hacía más profunda, al igual que mis penetraciones, que lograban levantarla para luego dejarse caer de nuevo sobre mí.

En un momento, ella se apoyó sobre mi pecho y mirándome fijamente me transmitió que ahora quería ir un poco más despacio. Era evidente que ambos queríamos notar cada penetración al detalle, hasta la más leve rugosidad de nuestros sexos, que ahora estaban fundidos en un único ser.


Ella ponía los ojos en blanco de sentir, lentamente, cada una de mis penetraciones en su vagina. Mientras tanto yo disfruraba de igual modo de hacerlo, de manejar mi verga como una herramienta de precisión para el placer de los dos. Está claro que la tensión que tenía la entrada de su vagina se reflejaba, como deleite, en su rostro.


Ella acabó recostándose sobre mi pecho, pero yo no dejé de adentrarme en "la enfermera" a un ritmo pausado pero constante. Notaba como mis testículos, completamente hinchados de placer (y por la temperatura tropical) se movían rozando mi piel. Su respiración se entrecortaba con gemidos por sentirme dentro mientras posaba mis manos en su espalda y su pelo.

Decidí que era el momento de coger las riendas. Así que con suavidad la apoyé en la cama y la dejé boca arriba, mientras mi tranca salía de su sexo. Así que ahora era yo el que se ponía a cuatro patas y comenzaba a trabajar su entrepierna con el paso de mi lengua sobre sus labios...


Le dije que no se moviera, que no dijera nada, pues únicamente tenía que cerrar los ojos y disfrutar de las ganas que tenía de comerla. Notaba su respiración mientras sus manos bucaban agarrarse a la cama o bien a mi pelo, apretándome fuerte contra ella, como si no quisiera dejarme marchar. Desde luego, yo no tenía intención ninguna de que mis labios se separaran de su sexo.


Le puse mis manos en sus pechos y comencé a tocarle, acariciarle y excitarle sus pezones. "La enfermera" estaba disfrutando de sentir mis manos en sus senos mientras mi lengua recorría hasta la profunidad de su vagina, notando lo húmeda y caliente que estaba, así como las ganas que tenía de que no me separara de ella esta noche a la luz de la luna.

Al cabo de un rato largo, me cogió del pelo y me dijo que continuara yo... así que lo hice. Me alcé y me posé sobre ella, mi cuerpo caliente notó el suyo, que aunque es menor, estaba igual o más caliente que yo. De un movimiento de cadera me metí en ella y comencé a darle ritmo mientras le besaba dulcemente el cuello. "La enfermera" no podía hacer más que respirar mientras recorría mi espalda y mi pelo con sus manos.


Tenía ganas de tocarla, de sentirla, de descubrir hasta la última peca de su cuerpo. Así que le pasaba las manos por el pelo y por el cuello mientras no dejaba de sacar y meter mi tranca de su interior. Continuaba besándola, con la misma pasión que al inicio de la noche...


Tenía los brazos completamente en tensión, porque mientras me apoyaba en uno, la tocaba con el otro, así contamentemente, soportando el peso de mi cuerpo para que pudiera besarla, ya fuera en la cara, en los labios, en el cuello o en sus pechos, notando en mi lengua lo ardiente que estaban sus pezones.

Ella tenía las piernas completamente abiertas para mi. Yo me adentraba en ella, moviéndome incesantemente, mientras nuestros cuerpos se ajustaban perfectamente el uno al otro. Formábamos un solo ser, ambos queríamos estar lo más cerca posible del otro. Mi culo se levantaba, duro, fuerte, en cada una de las embestidas que le daba bajo la luna.


Mi cadera no paraba de moverse mientras me adentraba en "la enfermera". Estaba disfrutando de lo lindo... no os lo puedo describir porque no me salen las palabras. Ambos estábamos empapados en sudor, pero habíamos alcanzado el punto en el cual ya no se podía parar, sino disfrutar de este grandioso momento de placer que habíamos alcanzado.


Notaba como ella estaba ya rendida, estremecida de tanto derroche de pasión. Así que decidí darle mayor ritmo para que ella pudiera alcanzar el clímax de placer, mientras mi dura polla le asestaba los últimos golpes en su interior. Posando una de mis manos en sus pechos, ella se cogió del pelo y lanzó un fuerte gemido, seguido de varias bocanadas de aire en el que no podía dejar de gozar.

Tenía los ojos en blanco. Para mi eso era suficiente, pero ella me dijo que le diera un minuto, sólo un minutos, mientras se mordía los labios, "la enfermera" ya estaba preparando su siguiente jugada. Yo la miraba, como quien admira una perfecta obra de arte. Ella estaba preciosa, en la oscuridad de su habitación en una noche de verano, fatigada de placer.


Me tumbó sobre la cama y comenzó a recorrer con su cuerpo la longitud de mi polla. Parece que quería jugar su última carta sobre mi tranca. Se la puso entre sus pechos, mientras me miraba con una sonrisa. No podía pedir más... por eso no podía dejar de estremecerme de placer.

Al poco, supongo que porque estaba cansada, bajó más por mi cuerpo y situó su boca junto a mi sexo. Estaba recostada sobre mis piernas y comenzó a recorrer con su lengua la punta y todos los pliegues de mi glande... Yo no podía hacer más que respirar fuerte y gemir, como había hecho ella misma hacía un rato. Al mismo tiempo, su mano me masturbaba cada vez con más ritmo, hasta que finalmente, mientras la miraba fijamente, me corrí...


...y es que hay noches, que merecen repetirse.